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| Heras
se ha convertido en un auténtico hombre-récord |
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Yacimiento
de oro en La Castellana. Camisetas amarillas llegadas
desde Béjar, desde Salamanca. Con el nombre de
Heras en pecho y espaldas. Sol dorado sobre la tarde
de Madrid, sobre una avenida insólita: huérfana
de tráfico. Es día para las bicicletas.
Como la de Heras, una 'BH Concept' vestida para la ocasión.
Obra de orfebrería: cuadro negro carbono, con
brillo de miel; decorada con componentes de oro de 24
quilates. Un espejo donde rebota el sol. Lleva escrita
una leyenda con los años de sus cuatro vueltas:
2000, 2003, 2004 y 2005. Una más que Rominger.
También hay oro sobre su espalda, el del maillot
de líder. Desde que debutó ha sido su
piel en 37 etapas, a sólo ocho el récord
de Zulle. Heras es el chico de oro de la Vuelta. Él
es su salvador y ella su mina. Ayer recogió su
cuarto cargamento. Entre su público, vestido
'azul Liberty' o 'amarillo Heras'.
La Vuelta es una prueba en transformación.
Cuando de chaval Heras la conoció, era una ronda
casi invernal, instalada en el caprichoso mes de abril.
Sin embargo, cuando empezó a dominarla ya se
había trasladado a septiembre, a la cola del
verano. Él ganó la dos últimas
ediciones enclavadas en el calendario tradicional (2003
y 2004) y él se ha impuesto en la primera Vuelta
condicionada por las reglas del nuevo ciclismo, el UCI
Pro Tour. Heras ha sido el mejor en esa trinchera que
separa dos maneras de entender este deporte. Él
le ha puesto su nombre. Ha bautizado la primera Vuelta
del Pro Tour.
Y lo ha hecho en una edición
bien diseñada. Con un prólogo espectacular
en La Alhambra; con un espinoso y bello recorrido hacia
Valdelinares; con finales 'a la italiana' como los de
Cuenca, Vinaroz, Valladolid o Ávila; con oportunidades
para asistir al remolino de velocidad de Petacchi, Boonen,
Zabel o Husvovd; con el regreso de Los Lagos, y, sobre
todo, con una etapa maravillosa, la de Pajares, donde
Heras volteó la carrera en un curso de táctica
y arrojo.
Ha resultado también una
edición cargada de nombres ilustres: los veinte
mejores equipos del mundo. Pero esa parrilla de salida
sólo fue una fachada. El solar se quedó
pronto vacío. De muchos equipos nada se supo:
algunos han acabado en el esqueleto. De los extranjeros,
sólo Menchov ha levantado el dedo. El Pro Tour
no varió esa lacra de la carrera: su carácter
local. De apellidos ibéricos: ganó Heras,
en oposición con Menchov, Sastre, Mancebo y Carlos
García Quesada. El mejor equipo fue el Comunidad
Valenciana, ajeno al Pro Tour y con la relevación
de la carrera en sus filas: Rubén Plaza, sexto
al final. El Euskaltel-Euskadi se llevó dos etapas,
récord hasta ahora, con Laiseka y Samuel Sánchez.
El Saunier Duval puso su amarillo en cada escapada y
acabó morado en el podio de Madrid: de ese color
viste el rey de la montaña, Joaquín Rodríguez.
Todo queda en casa.
El Pro Tour divide. Manolo Saiz,
por ejemplo, lo defiende. Con uñas. Dice que
la Vuelta ha sido mejor, que nunca se había visto
ese nivel de sprints. Belda odia el nuevo sistema. Está
fuera, exiliado. Pide la posibilidad de entrar en un
sistema cerrado. Verbruggen, presidente de la UCI, es
el promotor de este diseño. Gregorio Moreno,
su antagonista en las elecciones al organismo del próximo
viernes, ya ha anunciado que si llega al cargo modificará
el Pro Tour. Y mientras, continúa el goteo descendente
de las audiencias televisivas. La Vuelta es víctima
de un sinsentido: es propiedad de una cadena, Antena
3, y la emite otra, TVE, que este año ha rebajado
su empeño y sus minutos de retransmisión.
La Vuelta ha perdido la batalla con los 'culebrones'.
Tiempo para el cambio
Y tampoco ha vencido a la sospecha
del dopaje. Es un deporte en duermevela. Esperando al
escándalo. A medida que las máquinas crecen
en sofisticación, la versión más
negra del ciclismo eleva sus trucos. En 2004 fueron
Hamilton y Santi Pérez, acusados de recurrir
a las transfusiones. Esta vez le ha tocado a Santos
González, expulsado por el Phonak tras no superar
un control interno de la propia escuadra suiza. Más
de lo mismo. Eco repetido.
El ciclismo vive una época
tormentosa. De cambio. Emergen carreras abarrotadas
de público como las vueltas a Alemania o Inglaterra.
Son pruebas sin historia a las que el Pro Tour, ávido
de nuevos mercados, les ha puesto una butaca en primera
fila. Agonizan carreras tradicionales, repletas de gestas.
Hay además otra frontera, la lucha de poder entre
el Tour, el Giro y la Vuelta, por una parte, y el UCI
Pro Tour, por otra. Ciclismo mercantil.
Y ahí, en ese pulso, la
Vuelta a España languidece, asediada por los
errores endémicos del ciclismo y por el éxito
de otros deportes. A la carrera le hacen falta etapas
como la de Pajares, gestas de escaladores heridos como
Roberto Heras. Ayer se notó ese efecto, con el
público vestido de amarillo. Con Heras convertido
en un estribillo. Cubierto de oro, al rescate de la
carrera. Igual que su bicicleta de 24 quilates, que
será subastada para enviar fondos a las víctimas
del 'Huracán Katrina'. Tiempos de tormenta. Época
sin oro.
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