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| Sólo Ocaña hizo sombra al gran Eddie Mercx. |
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Ocaña, el único terror de Merckx
La lengua fuera hasta vérsele la campanilla. Tumbado sobre el manillar para exprimir al máximo su potencia. Fue el único corredor que derrotó al Merckx invencible. Una caída le robó el triunfo en 1971. Venció en 1973, pero nos dejó el amargor de un hombre que debió adjudicarse más ediciones
Los exagerados aseguraban que observaban las amígdalas de Luis Ocaña cuando colocaba las manos junto a los cables de los frenos para empujar aún más la bicicleta. El cuerpo balanceándose para ayudar a cada pierna a dar más fuerte la pedalada. Todo potencia. Todo entrega. No guardaba un ápice de fuerza para el día siguiente. Sobre la bicicleta, bajo el maillot de Bic, era como en la vida ajena al ciclismo: lo daba todo. Un latido constante de corazón, de vida. Luis Ocaña en estado puro.
El conquense, como antes Bahamontes y después Delgado, alimentaba esos genes castellanos de resistencia sin fin que han definido buena parte de la leyenda del ciclismo español. En 1967 se destapó con la consecución del campeonato de España en 1967 y al año siguiente se adjudicó el campeonato de España de profesionales. Su carrera, casada con su explosión física, era meteórica. En 1969 era segundo en la Vuelta a España, después de adjudicarse el Midi-Libre. El mundo del ciclismo confirmaba que «el fier castellan», como le apodarían en Francia, era un corredor de alcurnia que caminaba hacia la lucha contra el nuevo rey de este deporte, Eddy Merckx.
Así sucedería. En 1970, Ocaña ya era uno de los grandes del ciclismo universal. Conquistó la Vuelta a España y abrió su palmarés en el Tour con el triunfo en la etapa de Saint-Gaudens. Con 25 años, disfrutaba de su apogeo.
Merckx reconoció su liderazgo
Este emigrante español -vivía desde los once años en Francia- no tenía complejos. Sabía de su potencial y no le asustaban ni Merckx, ni Zoetemelk, ni Van Impe, ni Thevenet. Su trayectoria, deprisa, deprisa, era fulgurante. Su físico, comparable al del gran Eddy, que se había apuntado el Tour en 1969 y 1970.
El campeón belga lo comprobó en 1971. Ocaña «vini, vidi et vinci»... hasta que una desgraciada caída, cuando era líder del Tour con 8 minutos y 42 segundos de ventaja sobre Merckx, le privó de la gloria a falta de siete etapas para el final de la «boucle».
Aquel accidente ha quedado grabado en las leyendas de una carrera repleta de ellas. El español había sido el único corredor capaz de derrotar a Eddy en pleno apogeo del belga. La historia confirmaría esa realidad. Thevenet ganaría después a Merckx en 1975, en el ocaso del mejor ciclista de la historia.
Ese Tour de 1971 fue una exhibición de Luis Ocaña. Adquirió el maillot en Orcieres-Merlette, en una jornada inolvidable. Sólo estaba a un segundo del liderato, pero el conquense destrozó la carrera. Bajo un sol implacable, planificó un ataque terrorífico y obtuvo aquellos ocho minutos de diferencia sobre Eddy. Era el mejor. El nuevo rey del ciclismo. Sólo una caída o una enfermedad podría destronarle.
Así sucedió. Escapado junto a Zoetemelk, sin necesidad de tanto riesgo, el español se cayó en el descenso del «coll» de Mente. No pudo continuar. Merckx, el nuevo líder, le entregaría el maillot amarillo en el hospital, llorando, y manifestó: «Esto es tuyo. Nunca nadie me hizo sufrir tanto».
Poco sufrió Ocaña para adjudicarse el Tour de 1973. Trazó otra carrera de oro. Merckx no participó, alegando una lesión. Luis arrolló. Líder desde la séptima jornada, conquistó seis etapas y llevó al Bic al éxito por equipos. El Tour hacía por fin justicia al fiero castellano. Poca, porque el mundo del ciclismo tenía asumido que había genes para haber ganado varios.
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